La curiosidad y el desamparo lanzan a chicos al submundo de la adicción

Existen diversas trampas por las que se cae en el consumo de drogas. El «común denominador» en los niños y jóvenes, «es la curiosidad», suscribe la Dra. Carmen Sánchez, directora de la Unidad de Desintoxicación Programada (UDP) del Centro Nacional de Control de Adicciones (CNCA).

«Al inicio de la historia clínica, le preguntamos al chico cómo fue esa primera vez, donde, con quién –si fue un mayor, amigo o un conocido– y qué hizo para que él pruebe: y el 80% dice por curiosidad. Después hay un porcentaje menor que dice porque sus padres no les quieren o que se separaron», indica la pendiente que lleva a sucumbir al consumo de crac.
A la curiosidad le acompaña –o antecede– otro factor determinante: familias disfuncionales en un entorno de marginación social.

«La mayoría de las familias de estos chicos son familias desmembradas, donde hay solo mamá o papá; o niños que quedaron con la abuela o con la vecina porque sus padres fueron al extranjero para trabajar», describe Sánchez.

Pierden así –dice– toda referencia, tienen mayor facilidad de estar en la calle y rápidamente entran en contacto con sustancias tóxicas.

Desde la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad) identifican que no solo la falta de afecto o la disgregación familiar favorecen la caída al consumo de chespi. También la baja autoestima resulta un punto de inflexión a la hora en que el joven tome la decisión de aceptar o no dar la primera pitada.

Vulnerabilidad. Para Francisco Ayala, director de Comunicación de la Senad, en algún momento el joven va a tener la droga en su mano.

«Ese chico sí o sí en algún momento de su vida va a estar expuesto a la oferta; la droga va a pasar por su mano, en cualquier momento. Entonces, se debe trabajar en fortalecer la parte emocional del chico», aporta sobre el consumo de drogas que es «multicausal», aunque –coincide– uno de los factores más comunes constituye la disgregación familiar, la falta de afecto y de atención de los padres.

Se trata, a su vez, de la «calidad de atención que a la cantidad», sopesa y le consta que «hay gente de muy buena posición social cuyos hijos caen en el consumo». Entonces, «acá hablamos de trabajar el autoestima de esos chicos con los padres y referentes que tengan y también aspectos como la socialización», completa.

Prevención. En materia de prevención, los paradigmas de abordaje cambiaron, debido a que los jóvenes «ya conocen sobre las drogas» y desde temprana edad; incluso «saben más que sus padres». Por lo que, hablarles –como antes– sobre los estupefacientes y sus efectos termina resultando contraproducente: les infunde mayor curiosidad a los chicos y es por lo que se convirtió también en el patrón de inicio en la mayoría de los casos.

En lo que hacen hincapié –dice– es el fortalecimiento emocional con la promoción de valores y la creación de espacios para deportes, música y arte. «Existe una estrategia desfasada que ya a nivel internacional no se utiliza que son las antiguas charlas donde se mostraban hasta cómo se consume la droga. Eso hasta científicamente está comprobado que lo único que hace es despertar la curiosidad del niño», reseña. Los chicos, dice, «ya saben lo que es la droga, en Google hay información de cómo preparar y todo».

Mientras que, a quienes sí insisten en informar sobre las consecuencias del consumo de drogas es a los padres y a los profesores, pues las escuelas y colegios –con preferencia– están bajo la órbita de los microtraficantes. «El problema principal es que muchas veces los padres son los que menos saben; todo el barrio se enteró de que hay un problema en su casa y el padre o la madre ni se enteró», remata.

La mayoría de las familias de estos chicos son desmembradas, donde hay solo mamá o papá. Dra. Carmen Sánchez, del Centro de Adicciones.

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