EL SAQUEO DE LA ASUNCIÓN – BRAVO PARAGUAY!!

LA GUERRA DEL PARAGUAY
EL SAQUEO DE ASUNCIÓN

“En enero de 1869, los aliados ocuparon Asunción e iniciaron el saqueo de la capital paraguaya.

Al anochecer del primer día del año 1869, 1.700 hombres desembarcaron en el puerto de una evacuada y desértica Asunción, comandados por el coronel Mermes da Fonseca; el grueso del ejército aliado arribó el día 5 de enero; los edificios y espacios públicos fueron íntegramente tomados. Asunción, más que una ciudad, parecía un gran campamento militar.

La ocupación de Asunción no era el objetivo de la guerra. En el cuestionado Tratado Secreto de la Triple Alianza contra el Paraguay, celebrado el 1 de mayo de 1865, se estableció que la finalidad principal era derrocar a López y que las hostilidades no estaban dirigidas contra el pueblo paraguayo sino contra su gobierno. Sin embargo, mientras el presidente del Paraguay huía y reorganizaba su ejército en Cerro León, los invasores saqueaban y destruían no sólo Asunción, la misma suerte les ha tocado a ciudades vecinas, como Luque (que fue declarada segunda capital ante la evacuación de aquella), Capiatá, Itauguá, Itá y Yaguarón.
EL SAQUEO DE LA ASUNCION
Asunción quedó desierta, evacuada por todos sus pobladores, habitada por millares de perros y gatos abandonados y vio echarse sobre ella los 30.000 soldados del Duque de Caxias. Durante tres días, las tropas brasileñas saquearon la ciudad. Derribaron puertas, ventanas, desde los cimientos al techo, destruyendo y quemando todo lo que no podía ser llevado. De noche, los soldados incendiaron casas de trecho en trecho.
Al oscurecer, una vez cargados y embarcados los objetos robados, fue frecuente observar en las plazas, recobas y lugares alejados a jefes, oficiales y soldados violando y vejando mujeres llegadas en busca de socorro y alimentos. La faena la realizan primero los de mayor rango y una vez satisfecha su lascivia, proceden los demás. Las 1.000 o 2.000 mujeres casi desvanecidas no oponían resistencia alguna. Deben satisfacer la impudicia de más de 15.000 efectivos. Las que intentaron una resistencia fueron degolladas allí mismo. El deprimente espectáculo se observaba incluso a plena luz del día, en donde son llevadas a cualquier rincón a empujones luego del desgarramiento de sus ropas.
ESTA ERA LA CIVILIZACIÓN QUE NOS TRAÍAN!

Fueron rapiñadas todas las viviendas asuncenas, cuyas puertas y ventanas se violentaron con hachas, martillos y barretas para luego despojarlas de todos sus bienes preciados. No es que la ciudad estaba desprovista de valores, como algunos llegaron a afirmar. Por el contrario, Asunción contaba con muchas casas lujosamente amobladas, ricamente decoradas con objetos de arte, pianos, además de vajillas y ropas de fina calidad.

Los argentinos, por su parte, se instalaron en las afueras de Asunción, en la zona de Trinidad y Campo Grande, intentando de esa manera rehuir de las responsabilidades históricas del pillaje que, mayoritariamente, estaba siendo realizado por los soldados brasileños. Sarmiento aprobó ese proceder tal como lo expone en su correspondencia a Emilio Mitre, de fecha 21 de enero de 1869, donde se puede leer:

“Aplaudo la determinación prudentísima de Ud. de no entrar en Asunción, dejando a la soldadesca brasileña robar a sus anchas. Esta guerra tomará proporciones colosales en la historia y es bueno que nuestro nombre figure limpio de reproche”.

Sin embargo, y según lo refiere Doratioto (2004: 369), “El diario La República asegura que, en abril de 1869, los muebles del Palacio de López se hallaban en la Casa de Gobierno argentina. Y, de hecho, allí los vio el conde d’Eu cuando fue recibido por el presidente Sarmiento a comienzos de abril de 1869”. Paradójicamente, los bienes del presidente paraguayo, que fueron arrebatados durante la ocupación, no fueron aborrecidos por el gobernante argentino.

No se puede atribuir la rapiña a un mero acto de “indisciplina” de los soldados, puesto que el saqueo era realizado a la vista de todos y con el perfecto conocimiento de los altos mandos. Además, los bienes secuestrados como botín fueron trasladados, a bordo de los buques aliados, hasta los puertos argentinos y brasileños, donde eran vendidos públicamente, ante la curiosidad de la población que se agolpaba a observar el contenido de los cargamentos provenientes del Paraguay. En el puerto de Buenos Aires, centenares de personas iban a contemplar las embarcaciones que llegaban repletas de muebles, obras de arte, tapizados, cubiertos y hasta frutos del país que habían sido saqueados.

Para alternar los actos de vandalismo que se sucedían, uno tras otro, los brasileños y argentinos secuestraban criaturas y pedían a cambio recompensas de dinero, como se dio en el recordado caso del niño Manuel Domecq García, cuya tía Concepción Domecq de Decoud tuvo que abonar 8 libras esterlinas para poder recuperarlo.

En cuanto a otros bienes públicos entrados a saco, las tropas de ocupación robaron, además, de los depósitos fiscales, yerba, tabacos, cueros y otros productos que eran de propiedad del gobierno y que fueron declarados botín de guerra.

Durante la ocupación, quedaron convertidas en una enorme caballeriza desbordada de soldados ávidos de riqueza expoliando todo lo que sea de valor, y como secuela del frenético cateo de tesoros, el saldo de muchas casas incendiadas y destruidas.

Por ese tiempo, arribaban también a Asunción muchos paraguayos que huían de los combates del interior, vagando entre la desesperanza, la miseria y el hambre, como espectros entregados al abandono. En una reciente publicación, Carlos Gómez Florentín ofrece una cruda imagen de la situación. Hechos tan tétricos no dan lugar a eufemismos:

“… Los cadáveres todavía sin sepultar se exhibían como un recordatorio del macabro desenlace de la guerra. Animales de carroña se aprovechaban de los cuerpos sin vida arrojados en los caminos de tierra mientras todavía podían sacar ventajas a los gusanos y a las moscas…”.

El caos y el estado general de desamparo de la antigua capital permitieron que la prepotencia y el oportunismo se asocien para que aventureros, tanto paraguayas como extranjeros que llegaban a la saga de los soldados, se adueñen de los bienes que se libraron de las garras del ejército de ocupación. Las casas, como lo narra Freire Esteves, fueron poseídas por el primer ocupante, lo que dio lugar “a una interminable serie de usurpaciones y reclamaciones ulteriores, de parte de los legítimos dueños que retornaban a sus hogares”.

El pillaje alcanzó también a instituciones oficiales y delegaciones extranjeras. Muchos diplomáticos elevaron su protesta ante la “indisciplina” de los soldados brasileños. Así, el cónsul de Francia escribía a Caxias: “Vi saquear el Consulado de Portugal y la Legación norteamericana; mi propio Consulado fue robado dos veces”. Lo mismo pasó con el Consulado de Italia.

Aunque no es posible jerarquizar los atropellos cometidos durante la ocupación y establecer cuál de todos ellos es más atroz o lesivo, debe ponerse especial énfasis a la tan injustificable como vergonzosa acción del conde d’Eu de llevarse, como botín de guerra, gran parte de los instrumentos integrantes del Archivo Nacional de Asunción, conjuntamente con los documentos capturados en Piribebuy.

Un alto precio tuvo que pagar el Paraguay por su “libertad” y por el acceso a la “civilización”. Asunción, donde no se libró batalla alguna, salvo un simbólico bombardeo desde la bahía, cuando unos buques brasileños sortearon las defensas de Humaitá, quedó literalmente devastada.”

FUENTE: Sobre Cenizas de Oscar Bogado Rolón — con Paraguay Teete y Asociación Mandu’ara.

Publicado por

Redacción

Redatores: Edgar Encisco y Oscar Lopez

Comentarios