Brillith, la niña que pedía que la abrazaran

Esta historia de suicidio es una alarma sobre carencias de atención y afecto de los adolescentes.

Mariquita (Tolima). Oyó su nombre y pensó que era un error.
O un sueño.
-Brillith Lorena González -volvieron a llamarla.
Era cierto. Estaba entre las elegidas para izar bandera. Ella, que se sentía contenta cuando solo había perdido cinco materias en un mes. Pero no era por sus notas, sino por ser la alumna más amable.
Los estudiantes del Instituto Francisco Núñez, de Mariquita, Tolima, estaban formados en la cancha de básquet. Brillith tenía puesta una camiseta blanca y el pantalón de sudadera que siempre usaba así no fuera día de gimnasia. Todavía sin creerlo, caminó hacia el frente y recibió una banderita de Colombia. (Vea acá: Seguimiento gráfico del caso de Brillith González).
-Uy, tía, yo no sabía que izar bandera fuera tan jarto, parada ahí, quieta, como una hora -le dijo Brillith a Georgina Fandiño González.
Era abril. Brillith ya no vivía con su tía, pero se la cruzaba a veces por el pueblo. En realidad ella no era su tía, por lo menos no de sangre. En 1976, ahí mismo en Mariquita, Georgina recibió en su casa a una campesina que le propuso regalarle a su hija de 2 años. Georgina ya tenía una niña de 9, pero le gustó la idea de aceptarla. Su nombre era Liliana, tenía pelo negro y ojos verdes. Liliana creció con Georgina hasta los 13 años. Era una adolescente rebelde, casi indomable, y su madre adoptiva la dejó ir.
Liliana hizo hasta quinto de primaria y a los 19 años tuvo su primer hijo. Después nacieron otros seis, de cuatro hombres diferentes. Uno de estos hijos es Brillith. Cuando Liliana estaba embarazada de ella, le contó al papá pero él no le creyó. Tampoco le creyó su suegra, que la perseguía con un cuchillo por las calles del pueblo para advertirle que no “le metiera a su hijo un bebé que no era de él”. (Siga este enlace para leer: Aumento del suicidio: ‘un hecho lamentable, doloroso y prevenible’).
Brillith nació el 24 de abril de 1998. Sus primeros años los vivió con su mamá y un padrastro que la gritaba y le pegaba casi a diario. En medio de esa situación, Liliana buscó a su mamá adoptiva, Georgina, y le pidió que cuidara a la niña por unos días. Esos días se volvieron años. No volvió por ella.
La tía Georgina -como empezaron a llamarla- intentó hacer con la niña lo mismo que habían hecho con Liliana: dársela a alguien que quisiera criarla.Varias personas se interesaron, pero pedían que la adopción fuera legal, con los papeles correspondientes, y no encontraron respuesta de Liliana.
Brillith creció alejada de su mamá, sin saber quién era su papá y con una tía que no tenía cómo responder por ella, sobre todo cuando los negocios que tenía en Mariquita se vinieron abajo. La niña mostró muy pronto el mismo carácter rebelde de su mamá. No había forma de controlarla. Ya entrada en años, Georgina le pidió a Andrea -su hija biológica- que se hiciera cargo de su crianza. (Lea acá: En Armenia crean plan de contingencia contra el suicidio).
Andrea había sido la madrina de bautismo de Brillith, ceremonia que se hizo cuando la niña ya tenía 8 años, a la espera de que el papá apareciera para darle el apellido. Pero eso nunca pasó. Eligieron, entonces su nombre escrito así, Brillith. Y la niña recibió solo un apellido: González.
* * *
Brillith estudió la primaria en el Instituto Santa Ana, de una comunidad de monjas. No era buena para las clases. Le gustaba más jugar -sobre todo fútbol- y treparse en los árboles. Cuando pasó a sexto grado en ese plantel, ya tenía ganada una fama de armar pelea (no solo con los compañeros, sino con profesores) así que cuando perdió el año no la recibieron más.
-Prometo que voy a cambiar -era la respuesta que les daba a su madrina, a su tía, a sus maestros cada vez que la regañaban por algo.
Sin colegio, Brillith empezó a ayudar en los negocios que conseguían en casa para sobrevivir, fuera hacer arepas o vender leche de soya. “A la niña no le queda grande nada”. “Si la niña ve que ese pasto está largo, agarra machete y lo corta”. Así la describían. (Lea también: Malas notas, excusa de un menor en intento de suicidio).
Lo mejor que podían darle de regalo, en Navidad o cumpleaños, eran balones y carritos. Su madrina, Andrea, lo sabía y por eso compraba lo mismo para ella y para Carlos (otro hermano de Brillith, dos años mayor, y también dejado a su cargo) y con eso se aseguraba de que no pelearan.
A veces la niña llegaba a casa con pistolas de juguete, de esas que son casi iguales a las de verdad. “Eso sí no”, alegaba su madrina y se las botaba. Tampoco la dejaba salir mucho tiempo a la calle. Brillith refunfuñaba con ella cuando intentaba controlarla.
Con 13 años (la misma edad en que lo hizo su mamá), se fue de la casa. A vivir con libertad, decía. Se fue donde su hermana Katherine, tres años mayor, a un cuarto que les arrendó una señora del pueblo. Brillith trabajaba en los puestos de pescado, cargaba bultos, pero tenía en la cabeza la idea de volver al colegio.
A comienzos de este año, fue a matricularse en el Instituto Francisco Núñez, un plantel oficial, pero se enteró de que necesitaba la firma de un adulto como acudiente. Su hermana no era mayor de edad, y no quería hablar con su madrina. Buscó, entonces, a Mireya Herrera, una amiga que vivía en la misma calle.
Mireya, de 21 años, aceptó hacerle el favor con el compromiso de que se portara bien. Ella ya sabía cómo podía ser Brillith, pues solía pasar largos ratos en su casa. Allá le daban comida, la dejaban jugar X-box, la consentían, aunque por momentos no la soportaban: era contestona, inquieta, y se peleaba casi a puños con el hermano menor de Mireya.
En febrero pasado logró entrar al Instituto a cursar sexto grado. Brillith -a punto ya de cumplir 14 años- compartía clase con cuarenta niños entre los 10 y 12 años. Sus profesores se dieron cuenta muy rápido de que no iban a lograr grandes avances académicos con ella. En cualquier momento de las clases, Brillith le decía al maestro que quería salirse, que la dejara ir a barrer el pasillo o a limpiar otro salón. Todos se lo permitían. No había forma de evitarlo.
Como sus demás compañeros eran menores, ella le pidió a la directora de grupo, Doris Sánchez, ser la encargada de llevarlos todas las mañanas a tomar el refrigerio que les ofrecían en el colegio del frente. La directora le dijo que sí, aunque solía observarla desde lejos. Brillith -más alta que el resto- llevaba y traía a los niños con autoridad. Estaba pendiente de que todos comieran los que les servían, pero ella no aceptaba nada.
Con frecuencia, en lugar de escribir en sus cuadernos o salir a barrer, Brillith apoyaba su cabeza en el pupitre -el primero de la fila, al lado de la puerta- y solo decía:
-Ay, profe, déjeme así.
En los recreos, cuando algún niño de otro grado la molestaba, Brillith reaccionaba. Con puños. Mordiscos. Le daba rabia que le quitaran el balón o que le gritaran lo que le repetían y ella odiaba: marimacha, machorra, lesbiana.
No lloraba. De hecho una sola vez la vieron hacerlo: cuando la mamá de una niña con quien se había peleado llegó al colegio, entró, la buscó y la golpeó como represalia. Eso pasó a comienzos de septiembre. Brillith salió llorando al final de la jornada, todavía adolorida. Enviaron el caso a las autoridades. Pero la historia terminó como casi todas las de ella: nadie aparecía.
“Yo no tengo a nadie. Yo me cuido sola”, contestaba en el colegio cuando le pedían que llamara a un familiar para informarle sobre alguna cosa.
Tenía pocos amigos. Un niño menor del curso era uno de ellos, pero el muchacho empezó a bajar sus calificaciones y los profesores le sugirieron a sus papás que no lo dejaran pasar tanto tiempo con Brillith. También había una compañera de otro grado a quien definía como su mejor amiga. Cuando Brillith iba a la casa de esta compañera, se acercaba a los papás y les decía:
-Denme un abrazo.
Y se quedaba pegada a ellos durante varios segundos.
Esa amistad se acabó hace pocos meses. Su compañera sentía que Brillith no la dejaba descansar ni un minuto. “Muy intensa”, la describían. Con su vecina Mireya tampoco volvió casi a saludarse. La última vez que ella le preguntó por el boletín del colegio -que a veces iba a recibir, como acudiente-, Brillith le dijo que no se preocupara, que Toño pasaba por él.
Toño, al parecer, era el adulto con quien se había ido a vivir, en una finca del pueblo. Una tarde que se la cruzó por el camino, la tía Georgina le preguntó si eso era cierto. La niña solo le contestó que estaba feliz, que en la finca había televisor y piscina.
-¿Pero está allá obligada?
-No -respondió Brillith.
En medio de su rebeldía, la adolescente trataba con cariño a su tía. En los últimos meses Georgina no tuvo mucho tiempo para brindarle: debía estar pendiente de sus trabajos como empleada en varias casas de Mariquita. Un día la llamaron del colegio para avisarle que Brillith había llegado con señales de haberse cortado los brazos con una cuchilla de afeitar. Se angustió mucho. Pero se convenció, como todo el resto que se enteró del tema, de que se trataba de una forma de llamar la atención.
Algunas veces Brillith les preguntaba a su tía y su madrina por su mamá. “Toca esperar, de pronto aparece”, le decían. También quería conocer a su papá, pero a eso le respondían que era imposible. Soñaba con viajar a Bogotá. Un día se arriesgó y llamó a su mamá. Desde hacía años Liliana había armado maletas para la capital y conseguido trabajo como parrillera en un restaurante. El diálogo entre madre e hija fue muy corto. Georgina solo oyó monosílabos. Cuando colgó, Brillith dijo que ya no quería viajar.
* * *
El pasado 18 de septiembre Brillith llegó puntual al colegio, como todos los días. Se sentó en su pupitre. En la primera hora tuvo clase de física. La segunda era de educación ética. A las 8 y 45, cuando a la clase le faltaban unos minutos, Brillith salió del salón con su morral. Alguien la vio en la cancha de básquet con un arma en la mano. Le contaron al profesor, al rector, a la directora de grupo. En pocos segundos todos sabían. Llamaron a la Policía.
El rector, Carlos Orjuela -con menos de dos meses en ese cargo-, se paró detrás de las gradas de la cancha, escondido, y con un megáfono le pidió a Brillith que dejara el arma. La directora Doris, temblando, hizo lo mismo. Los policías llegaron con ambulancia y psicólogas de Bienestar Familiar. Hasta ese momento no había muchos alumnos rondando, pero a un profesor le dio por tocar el timbre. Y entonces todos salieron. (Lea además: Crisis económica lleva a 1.100 universitarios al suicidio).
Brillith iba y volvía por la cancha. Movía el arma -un revólver de unos treinta y cinco centímetros de largo que parecía pesarle entre las manos-, pero no se apuntaba. Las psicólogas le decían que todos la querían. El rector que pensara bien lo que hacía. Algunos muchachos le gritaban si no iba a ser capaz de dispararse.
A todo, Brillith respondía moviendo su cabeza de un lado a otro, como diciendo ‘no’.
No.
Cuando los psicólogos -con chaleco antibalas puestos- se le acercaron y estaban logrando una respuesta, Brillith se puso el arma de frente a su estómago. Los gritos de todos los alumnos, los profesores, los policías se hicieron peores. El disparo se oyó entre la gritería. La niña cayó. La llevaron al hospital San José, el único que hay en el pueblo. Pero no había nada qué hacer. En cuestión de segundos, Brillith se desangró. El disparo afectó la arteria iliaca derecha y al llegar al hospital ya estaba sin signos vitales.
Al día siguiente, no hubo clases en el colegio. La profesora Doris le pidió a un empleado que retirara el pupitre de Brillith: pensó que para los niños era mejor no verlo vacío. Algunos de sus cuadernos, sin embargo, siguen guardados en el armario del salón. Están los de matemáticas, ética y biología. Tienen una decena de hojas usadas apenas.
Su letra era desigual, escribía con mala ortografía. En las contraportadas hay dibujitos y dos palabras que se repiten en varias partes: “Te amo”. En otras páginas hay escritas tres letras, ‘TKM’ (te quiero mucho), y una frase: “Llegar a ser alguien”.
Brillith dejó una carta con letra más temblorosa que la de sus cuadernos y un mensaje para su tía, su madrina, sus hermanos Katherine y Carlos y su mamá. Andrea guarda una copia que le dio la Fiscalía. “Kate, solo quería decirte que TKM y gracias por todo lo que hizo por mí”… “A mi tía que gracias por estar conmigo y también por educarme y por darme el cariño que jamás me dio mis padres”… “Andrea TKM eres una madre que nunca tuve, gracias”. “Mami Liliana le agradezco a ti por darme la vida”… “Carlitos, siga adelante chino que usted algún día va a saver (sic) que la educación es lo mejor”, escribió.
El rector Orjuela dice que Brillith dejó otra carta, junto con su celular, para la amiga con quien se había distanciado. Los rumores en el pueblo ya hablan de ocho cartas. La Fiscalía de Honda, que se encargó del caso, solo cita una.
Los investigadores comienzan a recopilar datos y tratar de responder uno de los interrogantes: cómo pudo conseguir el arma. Los registros de la Policía le perdieron el rastro a ese revólver en 1999. Algunos dicen que quizá era del hombre con quien vivía. Dice que esa mañana que se disparó, un adulto llegó al colegio y cuando le preguntaron quién era respondió que su abuelo. Dicen.
Las autoridades también buscan determinar cómo pudo suceder todo esto en el patio de un colegio. El fiscal del caso no descarta, incluso, una investigación disciplinaria a la dirección del plantel.
En Mariquita aún no dejan de comentar lo sucedido y hasta los niños de otros colegios se acercan a la puerta del Instituto donde estudiaba Brillith y hablan de cómo se disparó. El día de su entierro fue necesaria la presencia de varios agentes de policía porque muchos querían linchar a la mamá. “Volvió solo para enterrar a su hija”, opinan. Cuando oye esas frases, Liliana apenas dice que la gente habla sin saber las circunstancias de su vida, que la llevaron a actuar como lo hizo.
Andrea organizó en su casa la novena por el descanso de su ahijada. “Nos dijeron que para una niña no era necesario, pero como murió de esa forma preferimos rezarla”, dice. En la séptima noche, hay unas veinte personas reunidas para la oración. Una mesa con claveles rojos, dos velas del Divino Niño, la banderita que le dieron por ser la alumna más amable y la cinta del ataúd con su nombre sirven de altar. Entre los adultos que rezan el rosario revolotean niños del barrio. Mueven la boca como respondiendo a una oración que no conocen. Tampoco saben por qué están ahí.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

Señales de alerta
Padres, educadores y cuidadores de niños, niñas y adolescentes pueden prevenir conductas suicidas si tienen en cuenta las siguientes señales de alerta:
· Cambios conductuales notorios. Por ejemplo, pasar de ser alegre y extrovertido a ser retraído y ensimismado.
· Tendencia a permanecer aislado de sus compañeros de colegio, de sus amigos o de sus familiares.
· Cambios en los hábitos alimenticios, especialmente pérdida repentina del apetito.
· Cambios en los hábitos de sueño, ya sea exceso de sueño o dificultad para conciliarlo.
· Conductas auto-mutiladoras como hacerse cortadas en los dedos, brazos o piernas.
· Irritabilidad frecuente o agresividad repentina sin un motivo real.
· Escritura de cartas de despedida o mensajes referentes a su partida.
· Evasión de conversaciones acerca de planes futuros.
· Pérdida de interés en sus juegos y pasatiempos.
· Descuido en su apariencia personal.
Recuerde que siempre es importante tomar decisiones protectoras:
· Dedicar el suficiente tiempo y atención para escuchar a los niños y niñas.
· Educarlos con disciplina y amor, enseñándoles a manejar sus emociones.
· Saber lo que piensan, acompañar sus sueños y ayudarles a construir sus proyectos de vida.
· Comunicar a los padres del niño o niña la presencia de cualquier comportamiento extraño.
· Buscar la ayuda de profesionales, ya sea del ICBF, o de las entidades de salud, ante cualquiera de las señales de alerta.
Fuente: ICBF

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Redacción

Redatores: Edgar Encisco y Oscar Lopez

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